Origen del habla humana: cómo sabemos si Homo podía hablar

Cuando un paleontólogo encuentra un cráneo de Homo erectus o de un Neandertal, lo que tiene entre manos es literalmente piedra. El proceso de fosilización mineraliza los huesos, pero destruye todo lo demás, lo que supone un muro biológico infranqueable para entender el origen del habla. Los tejidos blandos que nos indican la capacidad de emitir sonidos muy rara vez se conservan, solo en tipos poco frecuentes de fosilización. Lo que buscamos es algo muy similar a nuestra anatomía, una laringe en una posición descendida y una lengua ágil. Pero músculos, cartílagos y tejidos de la garganta son los primeros en pudrirse tras la muerte. La única pista que podríamos tener sería el hueso hioides, un hueso flotante que su función evolutiva es la deglución que según cómo quede suspendido entre músculos es capaz de favorecer el abanico de sonidos vocálicos, indicador, al menos, de la capacidad de emitirlos.
Aun así, hay otras estructuras que nos pueden indicar la capacidad del habla, por ejemplo, el cerebro, a pesar de que sea una condición necesaria pero no suficiente. Esta técnica es bastante compleja, básicamente consiste en observar las marcas que dejó el cerebro vivo en el interior del cráneo. Si la reconstrucción del cerebro muestra surcos o giros en las áreas relacionadas con el lenguaje, indicaría cierta complejidad y mayor capacidad para el lenguaje. Una estructura más lisa sería similar a otros homínidos que actualmente no hablan, lo que indicaría que ese individuo no tuviera la capacidad de habla, pero no presentar esa complejidad de surcos y giros impresos también puede significar que simplemente no se han dado las condiciones para que se marquen.
Por ende, ante la imposibilidad de reconstruir tejidos blandos y la falta de fiabilidad de la reconstrucción del cerebro, investigadores españoles del equipo de Atapuerca, como Ignacio Martínez y Juan Luis Arsuaga, decidieron cambiar de estrategia radicalmente. Aplicaron una lógica ingenieril, en cualquier sistema de comunicación, el receptor debe estar acorde para poder captar al emisor. Mediante el estudio del hueso temporal, donde se aloja el oído, pudieron crear un modelo 3D de los diminutos huesos del oído medio: el martillo, el yunque y el estribo. Tras comprobar como se compraban tras exponerlos a diferentes sonidos, descubrieron que su estructura auditiva ya estaba ajustada para discernir frecuencias relacionadas con las consonantes: t, p, k y s. Estas letras son consonantes que se usan para construir el lenguaje, diferenciándose de las vocales, permitiendo empaquetar mucha información en poco tiempo, por ejemplo, para distinguir “casa” o “pasa”. En chimpancés estas frecuencias medias no las recoge su oído, pues no son importantes para la supervivencia, en el momento que el humano depende de la comunicación para su estilo de vida, su oído se afina para captar estas frecuencias tan características.
Un animal no evoluciona un sistema auditivo tan costoso y especializado para oír mejor el viento o las hojas. Si los homínidos de hace 400.000 años ya tenían una audición diseñada para esas frecuencias, es porque su comunicación ya dependía de las consonantes. Aunque el tiempo haya borrado las cuerdas vocales de aquellos antiguos homínidos, no pudo borrar la forma de sus huesos. Al reconstruir sus oídos, hemos descubierto que estaban diseñados para escuchar.
Bibliografía
- Conde-Valverde, M., Martínez, I., Quam, R. M., Rosa, M., Vélez, A. D., Lorenzo, C., Jarabo, P., Bermúdez de Castro, J. M., Carbonell, E., & Arsuaga, J. L. (2021). Neanderthals and Homo sapiens had similar auditory and speech capacities. Nature Ecology & Evolution, 5, 609–615.
- Martínez, I., Rosa, M., Arsuaga, J. L., Jarabo, P., Quam, R., Lorenzo, C., Gracia, A., Carretero, J. M., Bermúdez de Castro, J. M., & Carbonell, E. (2004). Auditory capacities in Middle Pleistocene humans from the Sierra de Atapuerca in Spain. Proceedings of the National Academy of Sciences, 101(27), 9976–9981.